Envío

Hola mi amor. Hago la prueba. Intento
escribir sobre ti sin que lo impida tu recuerdo.
Tengo la casa sola, inútil, infeliz...
¡yo que quise apropiarme del mundo!
Las guerras, la dignidad, las leyes,
¡qué pequeños juguetes
entre las manos de un chico petulante!
¿Cómo hablar de ellos, de justicia, de lucha,
si me avergüenza tanto verme triste?
La marea oscura, la noche, el agujero
adonde te perdiste cuando un suave empujón
cerró la puerta de aquel auto extranjero:
ése es el mundo cierto, tu casa actual
y el horizonte de mi hogar sin fuego.
¡Qué común y sencillo es esto de sentirse
tan tontamente malo por no amar lo bastante!
Y sin embargo, déjame que te cuente
lo que me ha sucedido:

Aguantamos aquel último mes como si nada;
hablábamos, cenábamos, hacíamos el amor
como si el tiempo no fuera a terminar alguna vez,
treinta días más tarde. ¡Qué fuertes,
qué elegantes, qué bien disimulamos!
Pero ya es tarde, ¿ves?, no disimulo.
El tiempo se acabó y aquel último mes,
ya solo a solas, me atragantó y ahí sigue:
voy salvando los días a costa de inventar
víctimas nuevas.¡Qué avergonzado,
qué mísero me siento al escribirte!
Pero deja que cuente lo que andaba contando,
ahora que es julio y llueve.

He pasado unos días a la orilla del mar,
durmiendo sobre el suelo, acompañado,
no por ti, ¡qué extraño! Fue la primera vez
desde hace meses que no acudió el Maligno
a recordarme que te había perdido para siempre.
He pasado esos días sin ti, pero hasta entonces
contigo estuve: estabas
en mi carne, en mi sangre, en mis entrañas,
asfixiándome, ahogándome, impidiendo
que viera el cielo, el mar y las estrellas.
Pues mira, en esos días ya no estabas;
estaba el mar, los pinos, los olivos
y unos ojos azules más azules que el sol.

Las noches eran breves, tibia el agua,
el vino malo, abundante, excelente,
el tiempo inacabado. Renacía, si quieres,
a ese mundo habitado que contigo habité
y nada había cambiado. El olor a resina,
la piel rosa y dorada, pelo duro de sal
y piernas arañadas por espino amarillo.

Leímos a Heráclito, como siempre,
en un huerto de olivos plateados,
pero al tercer fragmento los mosquitos
impidieron que cayera dormido.
¡Qué se me dan a mí los presocráticos
si vivo sin rencor, apacentado
por Garbí, por Gargal, por Tramontana,
y con el hueco de tu tumba hinchado
de amor por lo viviente!
De haber sido capaz, habría cantado.

Te había perdido, sí, pero no me acordaba;
era ligero, libre, enorme y abundante,
ni el mar entero podía limitarme,
y los pinos carrascos, las rocas verdinegras
los bancos de fluorescentes llisas,
bailaban en la palma de mi mano.
Al salir Afrodita, esa estrella que roza el horizonte,
por un momento creí que bajaría
a tomar una copa. Con su peplo
y su mirada radiante de lujuria,
ella que es madre, hermana, ahijada y enemiga.
Te aseguro que al pensarlo recé.

No vino a tomar copas.
O sí. Quizás sí vino,
y sonrío clemente al ver mi excitación,
ella que tanto sabe. Fui
amante e hijo suyo; el viejo sueño
que trae a la memoria caminos polvorientos,
cascos, esfinges, oro, sangre y semen.
No sé si fue la bendición del astro de la tarde,
pero el mundo era joven y todopoderoso;
yo era joven también, y algo más poderoso.

Ahora, ya ves, fortalecido por esa compañía
que todavía no me ha abandonado,
y eso que hoy está gris, llueve y es julio,
trato de hablar de ti a solas y contigo,
porque sólo si puedo hablar así
me habré liberado al fin y te amaré de nuevo
estés en donde estés
y aunque nunca volvamos a estar juntos.

Serás, por siempre más, la estrella que a la tarde
me bendice y sonríe mientras rezo,
con el pavor de un niño, y con su soledad,
su excitación, su miedo y su insignificancia.

Félix de Azúa

(FARRA 1983)

envia ^

 

Home page
Nacida
Cocina
Links
mail@
 
Escritores que prefiero...
Ítaca
Envío
España camisa blanca de mi esperanza